jueves, 9 de agosto de 2007

La convicción que nos acerca


Río de Janeiro.- Hay ciertos aspectos en los que cubanos y brasileños se asemejan mucho, ciertamente parecen copia al calco. Por ejemplo, en la pasión por el deporte. Sólo visitar este país en tiempo de justas, competencias, en momentos de torcida verdeamarella, permite descubrir qué significan para este pueblo la victoria y la derrota deportivas.
Desde que llegamos acá hemos podido constatar una y otra sensación. Primero el jolgorio inmenso por batir a la Argentina en la Copa América de Fútbol y por conquistar la séptima Liga Mundial de Voleibol; ahora la tristeza desmedida después de que Cuba apagó millones de voces y aspiraciones en la final del voleibol (f) de estos XV Juegos Deportivos Panamericanos, en un Maracanazinho que pasó de la alegría al dolor en apenas segundos.
Es difícil elegir qué impresiona más, si la fiesta o el dolor, porque en cualquier caso las reacciones son desmedidas, como suelen ser los sentimientos espontáneos y sinceros.
Cuentan los presentes que este jueves en el gimnasio de marras la gente lloraba sin consuelo y profería ideas sentidas o se sumergía en un silencio trágico que le sacará por un momento de aquel lugar, convertido de templo sagrado de éxitos en cementerio turbulento.
Quizás ellos hayan podido experimentar algo cercano a lo que fue hace 57 años el Maracanazo, aunque acá nada logra emular con el fútbol, ese vicio desmedido que cura y enferma.
Bien entrada la noche vimos a varios cariocas empeñados en comprender qué había pasado, cómo era posible haber tenido siete chances para marcar el tanto final y que este no hubiese caído ni por suerte.
En la mañana los diarios se desataron y la imagen de sus jugadoras conmovió a no pocos. Los titulares no fueron dolorosos pero la “transcripción” de lo sucedido se antojaba indeseable y demasiado fuerte para bebérselo de un golpe. Vi a no pocos comprar los diarios y saltar la página. A esa hora era mejor rendirle honores a Thiago Pereira, el tritón que regaló las mayores sonrisas en el trágico día.
El Diario O Globo tituló Llanto del voleibol, sonrisa de Thiago, mientras en otro se leía a tamaño exagerado: Derrota del voli deja llanto e irritación. El espacio deportivo del Jornal de Brasil fue más parco al decir solamente: “Plata amarilla”.
Con los voluntarios descubrimos mucho más, algunos en son de bonche nos decían: “Hoy no quiero hablar con los cubanos”, antes de comentarnos la decepción sufrida, felicitarnos algo resignados pero con sinceridad, y lanzarnos un duro desafío.
Ahí entendimos la grandeza de esta gente, pues la derrota sólo los convenció de que hay otras oportunidades y de que la revancha existe, y van por ella: “Se la vamos a devolver en el balonmano, el polo, el baloncesto y, por supuesto, en el voli masculino, decían”. Y esa convicción, esa valentía, me recordó a nuestra Isla caribeña, a los cubanos, a esa gente humilde y sencilla que sabe ganar, caerse, pero sobre todo levantarse y construir. Creo, sinceramente, que en eso se parecen mucho cubanos y brasileños.

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